Pro multis

Pocas veces dos palabras en latín habían traído tanta polémica. Nueve letras. Tres sílabas. Y un gran lío en la Iglesia Católica.

Hace unas semanas se producía en España –otras conferencias episcopales ya lo habían adaptado– un cambio sustancial en la Eucaristía: entraba en vigor un nuevo Misal, mucho más fiel a los textos latinos y fórmulas primigenias. La novedad en cuestión no era demasiado perceptible a los ojos (y oídos) de los fieles, salvo por el momento de la consagración del Cáliz: las palabras ya conocidas de carrerilla, ese «que será derramada por vosotros y por todos los hombres» referida a la sangre de Cristo, cambiaba a «por vosotros y por muchos».

Después de haber leído varios textos, unos a favor, otros en contra, muchos muy teológicos sobre quién se salva y quién no, me quedo con la explicación del párroco de Alpedrete, el padre Ignacio: ese «pro multis» es una traducción latina del arameo, lengua en la que hablaban Jesús y sus discípulos, mucho menos rica que el latín y en la que el concepto «todos» no existía.

Esto me llevó a reflexionar sobre cómo el lenguaje condiciona nuestra percepción del mundo, cómo el hecho de llamar a las cosas de una manera o de otra hace que existan o que dejen de existir, porque ni siquiera las nombramos.

El lenguaje no es inocente. El diccionario, tampoco. Y quien no los conoce está condenado a no entenderse.

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