Las huellas del alma

Esos hombres que vuelven sobre sus pasos no son ídolos con pies de barro. La tierra, fría y mojada, anestesia la piel que grita sobre su sangre caliente. Hierven por dentro mientras un sudor frío les recuerda que andan coqueteando con la muerte. Y la muerte, aunque no llegue, siempre deja una huella en sus almas.

Hacía tiempo que no escribía sobre toros. Principalmente por desidia, que quizá es la razón por la que casi no escribo de nada (más allá de notas de prensa o textos para clientes, pero casi nunca para uso propio). Así que cuando Luis Sánchez Olmedo me propuso escribir los textos para su nueva exposición no pude negarme. Por ego y por obligarme a ejercitar la tecla.

Al principio me lo tomé como unos pies de foto. Y aunque escribir pies de foto está infravalorado, tiene su aquel. Un pie de foto ha de ser descriptivo, pero puede tener cierto contenido literario si se trata de ilustraciones genéricas (al menos eso dice el Libro de Estilo de El Mundo, que quizá por ser de 1996 puede estar tan desactualizado como el hecho de tener un libro de estilo en las manos). Y es verdad que las fotografías de Olmedo no son precisamente genéricas, pero precisamente porque me sentía en la tesitura de darle una réplica honrosa, intenté ser menos periodista y más escritora.

Entre las primeras fotos que vi estaba esta.

Las huellas del alma. Luis Sanchez Olmedo

Pies, barro, manoletinas, seda y luces. Ignoraba de qué torero eran ni a qué día pertenecía la instantánea. Pero eso era lo de menos. La imagen en sí me parecía una metáfora perfecta de lo que sucede tantas tardes. El volver sobre los propios pasos. El quedarse helado sobre el barro como remedio al ardor de la sangre por dentro. El dejarse una huella aunque haya quien, sobre la piedra, deje la plaza de puntillas. Ahí estaban Las huellas del alma.

Las huellas del alma es el trabajo atesorado por Luis Sánchez Olmedo a lo largo de más de un lustro de ojo puesto tras el objetivo, rodeado de tierra y sin dejarse engullir por las arenas movedizas. Es un homenaje a los héroes de otro tiempo que luchan contra un presente que les amenaza, cargados de la historia y la gloria de un pasado que les hace grandes y con la incógnita de un futuro que les resulta esquivo. Es la soledad y el triunfo. La luz y las sombras. El calor y el hielo. Es la vida en un muletazo y la muerte en una mirada.

Es el homenaje póstumo a Víctor Barrio, Iván Fandiño y Victorino. Los honores perpetuos a la bravura y el coraje. Son las figuras y los que no. Los de plata, los de oro. Y los de la guadaña sobre la testuz.

Es el cariño hecho disparo de un hombre de ley que, solo por afición, se deja las pestañas al otro lado de un visor.

Es una propuesta de la que, orgullosa y agradecida, formo parte. Y que estará en el Centro Cultural Pablo Picasso de Colmenar Viejo (c/ Iglesia, 12) hasta el próximo 10 de febrero.

 

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