Todo empezó con unos "palotes". Con lo que él consideraba que no eran más que trazos inseguros y pueriles frente a la caligrafía espléndida, ágil y elegante, de los que sabían manejar la pluma. Así empezó a escribir José Luis Sampedro, llenando cuartillas con el tiempo que le robaba a unas oposiciones con las que esperaba ganarse la vida para siempre.
Pero pronto comprendió que ganarse la vida era otra cosa. Que era no tener miedo. Ser valiente y conquistar la dignidad con la que se nace y algunos pretenden arrebatarte por la vía del azote de conciencias. Por eso, ya al final, Sampedro se convirtió en el principio, en el símbolo de una juventud que se indignaba porque le faltaba eso, el corazón de la palabra, la vida "digna".